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El rol del mentor

  • Foto del escritor: Joaquin Martinez
    Joaquin Martinez
  • 1 jul
  • 5 Min. de lectura
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Todos te dicen: “búscate un buen mentor”. Pero nadie te explica dónde buscarlo, qué pedirle o qué realmente significa un ‘buen’ mentor. Únicamente te dicen que un mentor es indispensable para crecer profesionalmente.


Me he cuestionado repetidamente sobre el rol del mentor. ¿Puede un familiar cumplir el rol de mentor? O ¿puede uno tener un mentor más joven? No lo sé. No he podido contestar definitivamente esas preguntas. Al menos, todavía no. Pero el limbo me ha forzado a reflexionar: ¿qué exactamente hace un buen mentor?


El oficio como profesión

Para entender el rol de un mentor, hay que irse hacia atrás en la historia, pues antes de que los individuos tengan profesiones tenían oficios. Los jóvenes aprendices buscan un maestro del cuál aprender. Ser herrero, relojero o alfarero, estos eran oficios donde el aprendiz se comprometía a aprender y el maestro a enseñar. Esta estructura se volvió parte de un contrato social tácito donde el maestro pasaba su conocimiento a cambio de ayuda en sus actividades.


Había un gran componente de aprendizaje técnico mediante la observación del oficio. El aprendiz compartía largas horas con el maestro donde aprendía el oficio y lo seguía en sus viajes o aventuras cuando fuera necesario. El proceso dura años y culmina en admiración y respeto a la figura del maestro. 


Pero esta conexión aprendiz-maestro también era personal. La colaboración contínua y la intimidad del ‘taller’ formaban conexiones emocionales. El maestro no solo era un jefe, sino una figura paternal que transmitía confianza y orientación de vida. Así, el aprendiz aprendía a confiar casi ciegamente en los criterios y recomendaciones del maestro. 


Esta estructura social duró siglos y fue visible inclusive en profesiones más contemporáneas. Por ejemplo, los abogados jóvenes buscaban trabajar en el despacho del abogado de nombre consolidado, que guiaba y orientaba en los primeros pasos de la carrera profesional. Más aún, en ocasiones el profesor de jurisprudencia en la facultad invitaba a los alumnos más destacados a trabajar en sus despachos. El joven universitario llegaba feliz sabiendo que, además de experiencia legal, recibiría orientación profesional.


Durante el siglo XX, las empresas crecieron y se profesionalizaron. Por un lado, el ‘Taylorismo’ aumentó el énfasis en los procesos y los sistemas, lo cual aumentó la eficiencia de las empresas a costa de dividirla en departamentos. Además, la ‘Teoría de la firma’ sacó a la familia de la estructura de negocios. Las sociedades, típicamente familiares y pequeñas, se convirtieron en corporaciones impersonales. 


Especialización y multidisciplinariedad Además, mientras las sociedades crecían, la competencia profesional también creció. Por ello, los profesionales entendieron que para competir necesitaban enfocarse en un segmento específico. Así el abogado dejó de ser solo abogado, para especializarse en derecho penal, administrativo o público. El médico dejó atrás la medicina general para concentrarse en un área única del cuerpo. Esta tendencia ocurrió también a nivel nacional, pues con la globalización, las economías se vieron obligadas a especializarse para competir.  


La especialización de las economías eventualmente derivó en la multidisciplinariedad. Las profesiones se desligaron de una vocación única, para combinar elementos de distintas industrias y sectores. El relojero actual no solo arregla relojes, sino que también maneja una tienda digital de relojería y además es docente de ingeniería mecánica. El alfarero contemporáneo puede producir cerámica industrialmente, manejar una tienda de antigüedades o hasta dar clases de cerámica. O todas a la vez.

Las economías especializadas requerían profesionales especializados. Eventualmente, eso forzó también la especialización de las estructuras de aprendizaje. La universidad históricamente ofreció carreras académicas enfocadas en un campo académico, con mallas curriculares definidas y poca exploración. Pero en la universidad de hoy, los títulos académicos son una combinación horizontal de disciplinas como biotecnología o ingeniería biomédica. 


Un vacío de orientación

Así, las profesiones dejaron de ser vocaciones. Y en algún punto, nos olvidamos del rol del mentor. Los jóvenes perdieron la certeza de saber a quién escuchar y de quién aprender. Más aún, nos convencemos de que nuestro camino profesional es único e individual y por eso nos cuesta vernos reflejados en una figura de autoridad. Por ello, en vez de buscar una voz autorizada, buscamos un portafolio de voces, cada una en su distinta especialidad.


Ahondados en crisis de identidad, los jóvenes encontraron la figura del ‘influencer’. Mientras las empresas se hicieron frías, los ‘influencers’ ofrecían calidez. El ‘influencer’ ofreció apertura y nos habló de tú a tú cuando más lo necesitábamos. Así, los ‘influencers’ nos acercaron a ellos y nos hicieron sentir parte de su vida. A través de una pantalla, la figura del ‘influencer’ acaparó el rol de consejero - igual como lo hubiera hecho un herrero en el taller mientras enseñaba al aprendiz.

Pero un ‘influencer’ difícilmente puede ser un mentor. La mentoría requiere de una comunicación constante en ambos sentidos; necesita obligatoriamente una relación personal que guíe, acompañe y oriente en momentos de turbulencia. En cambio, el ‘influencer’, aunque responda tus mensajes, siempre estará a una pantalla de separación. Y nunca serás su único aprendiz.Además, el aprendiz escuchando las vivencias y experiencias que contaba el maestro, le surgían ganas de ser cómo él. Por esto, todavía tengo la duda: si solo escuchamos influencers, ¿no acabaríamos todos queriendo ser ‘influencers’? Qué mundo sería ese.


Entonces… ¿Qué exactamente es un mentor?

He pensado en tres características. Estas ideas no tienen un fondo académico. Más bien, son resultado de la observación y del diálogo. Tienen algo de historia y algo de suposición.

Primero, el mentor no es un padrino que abre puertas. Las figuras que nos allanan el camino profesional con ayudas y subvenciones, nos debilitan en el largo plazo. Al contrario, el mentor debe formar carácter, pues la carrera profesional del aprendiz tendrá un largo recorrido, aún cuando la figura del mentor se desvanezca. El rol del mentor no es evitar que el aprendiz nunca se equivoque, sino, encaminarlo por el sendero correcto, cuando ya se haya equivocado. Segundo, un mentor debe ser una voz de claridad que oriente en los momentos de mayor confusión. Para ello, debe estar dispuesto a decirnos las verdades que duelen, sin sentir que pone en riesgo algo más importante. Por ello, quizá no es óptimo que un mentor tenga una relación familiar, pues es difícil mantener la objetividad cuando nos ciega la misma incertidumbre. Por ello, creo que un mentor debe tener un criterio objetivo, para juzgar una realidad siempre subjetiva. 


Finalmente, un mentor es una figura de crecimiento. Es una voz autorizada que ha recorrido un camino relativamente parecido al nuestro, aunque nunca sea exacto. A veces, el mentor estará en otra empresa, posiblemente en otra industria y tal vez en otro país. Pero sin importar la distancia física, el mentor es una figura que debemos procurar siempre tener cerca. Los consejos y las recomendaciones son necesarias para navegar exitosamente un mundo cambiante, especializado y multidisciplinario. 



El fin de los oficios eliminó un sistema social de aprendizaje, pero eso no significa que debamos prescindir de la figura del mentor. El nutrirse de criterios y recomendaciones solo nos fortalece. Hay algo profundamente humano reconocer que aunque nuestros caminos profesionales sean únicos, no por eso, debemos caminar solos. El mentor nos llevará por buen camino hasta que eventualmente llegue alguien más joven a tocar nuestra puerta en busca de un consejo. 


 
 
 

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